Los desconfiados devotos

La desconfianza no es un estado de ánimo, no es una reacción a la desdicha; es una doctrina, y existe una secta dispersa que la difunde. Esta secta consta de una gente que apuesta abiertamente por la desconfianza, como cosmología o plan de vida, una lógica venenosa contra la que poco se puede hacer, porque su fuerza radica en la decisión total de sus congregantes de vivir en la desconfianza, confiados hasta la última en que no puede haber otra forma de vida más inteligente.

Esta falacia se utiliza, entonces, para dos fines claves: 1) reducir el valor de las situaciones donde la confianza parece traer fuerza, bienestar y una resistencia sana; 2) justificar comportamientos que no se pueden justificar dentro de una ética coherente. La desconfianza doctrinal, por lo tanto, se aprovecha, como arma, de la posibilidad de utilizar los desengaños ya existentes para los demás para no entrar en ninguna responsabilidad —ni en la consciencia de la responsabilidad— por los desengaños ocasionados por la misma desconfianza como trato interpersonal.

La parte más delicada de cualquier contacto con los febriles y celosos seguidores de la desconfianza suele ser el tener que evitar, a todo coste, ponerle en evidencia al desconfiado. Este requisito resulta del hecho de que aunque sea al nivel del subconsciente, todos reconocemos que hay cierta calidad de vida deseable que sólo se peude lograr a través de relaciones de confianza. Al desconfiado devoto, por lo tanto, le conviene una paranoia habitual, y se espanta cuando se da a conocer de qué religión se confiesa realmente.

Revelar la desconfianza muchas veces es la chispa que prende fuego a cualquier trato sensato o entregado que se haya tenido con el desconfiado, reduciéndolo a cenizas, porque se encuentra a la defensiva, y se pone a luchar por la verdad eterna de su fe, con una ceguera sangrienta.

La desconfianza también se vincula íntimamente con los cambios radicales de estado de ánimo. Cualquiera puede pasar por este proceso, pero el desconfiado fiel y convencido cede a estas mutaciones casi viciosamente, porque su doctrina requiere vivir en la presión extrema de la sospecha constante y universal.

La máscara más aprovechada por el desconfiado devoto es la idea de que las cosas radicales son poco frecuentes: la verdad es que la doctrina de la desconfianza requiere un fundamentalismo tan extremo que descarta por absurdos todos los demás puntos de vista.

Ahora, el desconfiado rápidamente aprende a disimular su totalitarismo —por no querer despertar en los demás las mismas armas “defensivas” que despliega contra ellos—, encubriendo sus meditaciones en un forro de lógica y “realismo”. Todo es evidente, y el mismo místico de la desconfianza dirá que tiene pruebas, por muy imprecisas o sutiles que sean. A veces te hablará de mensajeros, individuos o eventos que han señalado definitivamente que no queda otra opción que dedicarse de por vida a una desconfianza misántropa y hasta misionera.

Pero el tremendo mito del que te hable con ganas y energía de su propia desconfianza autoconvencida, es que tenga algo que ver con aceptar que haya desengaño y sufrimiento en la vida. No es así, sino todo lo opuesto. La religión de la desconfianza realmente se basa en el miedo al desengaño y el rechazo perjudicado de todo aquello que tenga la posibilidad de traerlo.

Se trata de una armadura pesada y cara de llevar puesta, que enmudece los sentidos y la percepción y subasta la imaginación a las obsesiones más pueriles y pasajeros. Y eso es parte de su hechizo, que distrae al devoto de sus penas, ayudándolo a convencerse de que las incidencias y los ejemplos más triviales son de una importancia casi universal, le dejan construir un mundo hecho según esta visión enfermiza. Y ese esfuerzo perversamente “constructivo” es lo que más hay que temer en el contacto con un verdadero desconfiado devoto, porque su fundamentalismo le obliga a intentar hacerte parte de su gran engaño.

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