‘Texto sobre texto’: la poesía de Carlos Trujillo

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Carlos Trujillo es poeta chilote, nacido en Chiloé, gran isla chilena que ocupa la frontera entre el continente y el turbulento Pacífico, isla donde, según me dicen, tres días sin lluvia ya constituyen una sequía inexplicable y mantener en colores floridos las iglesias de madera autóctona, frente al océano y las lluvias, es un desafío constante.

O sea, las lluvias, los elementos, la navegación, o sobre el mar o de un tiempo a otro, son hechos de la vida. El poeta lleva esta isla en su sangre y sin ser poeta de lares, la actitud fresca de fértiles e íntimas meditaciones, que empuja su manejo de la tinta, su búsqueda de la palabra que mejor armonice con las demás, también nace ahí, renovada cada vez que ejerce la licencia navegadora de su pluma.

Sus poemas son exploraciones del sentimiento profético del poeta, de su multitudinaria preocupación por encontrar valor, significado, resonancia : nuevos, viejos, abriéndose con humildad al talento básicamente humano por ampliar : futuros, recuerdos, lenguajes. Leer un poema de Carlos Trujillo es palpar el lenguaje como una escultura hecha de veloces signos pasajeros, ver la música del lenguaje como si fuera, más que mar, espejo.

En Chiloé, Carlos Trujillo fundó el taller literario Aumen, y una revista del mismo nombre. Generó y participó en un diverso paisaje de actividad poética, con raíces en Chiloé, en los años 70 y 80. Según el crítico Iván Carrasco Muñoz, “es el fundador de la poesía contemporánea de Chiloé”. Ganó el Premio Neruda en 1991, y ha visto su poesía traducida al inglés, al italiano, al portugués, al serbio y al ruso.

Ha presentado su obra en conferencias y recitales en Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, España, Estados Unidos, Hungría, Rusia, México y Uruguay. En Villanova, hace 17 años, fundó el taller literario Pinzon 9, grupo a través del cual, su amor por el lenguaje sigue contribuyendo a forjar una nueva generación de escritores, trabajando en Villanova, en idioma castellano. Y esta misma primavera, con la colaboración del taller, dirigió la fundación de la revista literaria Naufragios.

Carlos Trujillo me enseñó que el arte más puro del poeta puede ser también artesanía, que el poeta puede trabajar un mismo detalle del texto durante largas horas, desmontando y rehaciendo la obra con la inquietud devota de un artesano. O sea, con paciencia e impaciencia en medidas iguales, partir una obra en dos, y con eso generar más vida, más significado, más terreno poético, sin abandonar el labor místico de todo poeta.

Me enseñó que una crítica sincera puede ser también visionaria, una obra de arte en sí y una contribución a la obra al parecer atacada, que la escritura puede contarnos qué busca la escritura o qué logra, sin dejar de hablarnos de todo lo demás que somos o deseamos ser. En fin, es un hombre que ama la melodía del lenguaje, y que anhela esos lenguajes melódicos que de vez en cuando, por suerte o por talento, llenan la atmósfera como aquellas lluvias fiables, pacíficas, de Chiloé…

En Texto sobre texto, encontramos un mosaico de toda su trayectoria, que sirve a la vez de ars poética y de paisaje por caminar. El poeta lidia no sólo con el problema de cómo explicar lo que es, lo que significa, cómo se desarrolla el acto de escribir, de hacer texto, sino también con la cuestión de qué peso tiene el tiempo sobre la literatura, o sobre el terreno de lo cotidiano. Su lenguaje temporal conoce la distancia, percibe la barrera fáctica entre el pasado y el presente, sabe a veces a lamento, pero no es estrictamente nostálgico. Hace fenomenología—pregunta ¿qué es esto, este fluir, este irse constante, que se llama tiempo? Cito:

El ayer está más oculto y protegido que un guerrero bajo gruesa armadura”…

No es nostalgia, sino un acercamiento al problema existencial del tiempo, el de la fuerza de sus categorías y funciones, y también la esperanza curiosa que indica que lo vivido va “protegido … bajo gruesa armadura”. Es impenetrable lo pasado, lo no-presente, pero no decidido, no muerto, no sin futuro. Y hay, en este libro lúcido y elegante, una sugerencia de amplios “territorios” de la posibilidad todavía por descubrir. Citando:

… el territorio del hombre es el hombre multiplicado por todos los seres que habitan el planeta. Pero el hombre debe ser el descubridor de su propio territorio debe abrir los ojos las manos el corazón y cada una de sus células al territorio que lleva dentro de sí como una invisible señal de ceniza…

Y “dentro de sí” es también una tierra amplia que permite entrar al otro. El poeta busca no sólo lo natural, lo recordado, no sólo el gusto ni el motivo particular, sino también lo que no se ha hecho, la posibilidad que nos atiende como posibilidad no realizada. En todo lo hecho habita algo no hecho, en todo lenguaje habita lo todavía no dicho. Ahí, en la frontera, entre el continente y el océano, entre el ayer armado y el frágil porvenir, se escribe. Como es debido, le doy la última palabra al poeta:

… me encuentro con el poema que nunca hice y que ha dejado intacta esta hoja en blanco…

– – –

Primera publicación el 17 de septiembre, 2009, en Elindulnék

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