Lydia, o Destellos en la niebla

1.

Sotto voce, el constante empuje del río que albergaba todos sus secretos le explicó cómo fue. Ya no era la misma. Pasaron años durante esos días, y ahora una ruptura en el inmenso calor dejó que se vieran de otra forma los hechos. Había perdido el hilo hace tiempo, y ahora vio, de repente, que eso tenía importancia. El no ser consciente del peligro le había hecho salir a buscarlo. Fue ella que deshizo su paraíso, ladrillo por ladrillo, quitando tapices y murmullos sin remordimiento. Fue ella que inventó y deshizo el mundo.

2.

Era cuestión de escuchar, o mejor dicho, de no escuchar bien lo que había que haber escuchado bien. Un gusto entra, hace un hueco en el mapa, dando placer, se convierte en repetición, y distorsiona el paisaje. Ya no veía igual el territorio de su triunfo. Le habían exigido demasiadas huidas, demasiadas llegadas sólo a medias. Si Lydia buscaba vivir la promesa que se habían declarado entre ellos ese primer día, se olvidó de que había conseguido ya el permiso. Escuchó en las palabras más dulces un desafío, en la solicitud de su amante un rechazo, en la aceleración de su sangre un susurro pesimista.

3.

“No lo sabía, no podía haberlo previsto”, le dijo a su médico. Él la escuchaba, porque hablaba con una entonación que sugería que necesitaba desesperadamente que una persona conocedora de la ciencia la escuchara. Lydia quería que supieran que no lo había echado de su vida. Fue él quien se fue, diciendo que sospechaba que ya hace tiempo la había perdido. Recordando cómo había repetido “pero estoy, estoy contigo, tú lo sabes”, pensó que nada le había fastidiado tanto como esa explicación. Ya la había perdido. ¿Cómo? ¿Cuándo? No le bastaba la persona que era, obviamente. Eso quería decir.

4.

Lydia miraba su sombra. Comía ciruelas jugosas. Pensaba. Pensaba, sin destino previsto. Escuchaba un violoncello como si fuera la voz de su más profundo origen. Un pájaro en la sombra. Inquieto. Vibrante. Sin meta. Buscaba el origen. Algo que existía antes de llegar él a su vida. Antes de la idea de unión o de implacables distancias. No es perder que nos hace buscar a Dios, sino el deseo de saber hacia dónde conduce el deseo.

5.

Hay oportunidades. El país entero vibra de oportunidad. Todos los países son oportunidades. La primera vez que escuchó esa idea, la convenció de que la mentira existe. Pero con el tiempo, había aprendido a ver que incluso los trámites más pasivos se formaban de una cadena incesante de decisiones. Incluso la frustración era señal de que uno vive respirando oportunidad, o siéndola, un campo de voces definidas por su desunión. La frustración, hasta la tragedia, radica en no haber elegido bien.

6.

No se lo había creído. Fue menos convincente que aquella mentira proverbial de las oportunidades. Nos definimos en los momentos menos serios; construimos ciudades en el puro centro de la inatención; somos texto, y textura, explicando sin querer quiénes intentamos ser cuando fallamos. Esa huella está en todo.

7.

Ciruela. Descubrieron después de ocho minutos de conocidos que compartían el profundo placer secreto de conocer el gozo que se puede vivir en la melodía de esa palabra. Sin más. Sin ninguna explicación lógica, solamente la intuición que desnudaba la melodía de la palabra para dejar que se saborease la fruta. Eran afirmaciones. De repente. Ellos mismos, en ese gozo indefinible, característico, inocente.

8.

De niña, Lydia soñaba con una nevada narradora, en la cual cada copo formaba un microcosmos, y conllevaba música, tradiciones, doctrina y conflicto. No pronunciaba estas palabras, pero años después, ya mayor, un día se dio cuenta de que esas palabras le recordaban la nevada. Elementos esencialmente humanos, sociales, de huida y elegancia. El crujir silencioso de la nieve cayendo, posándose sobre el crujir silencioso de la nieve caída. Cuando el mundo a su alrededor explotara en llamas, Lydia se encontraría de repente en ese santuario de cuidadosas melodías no escuchadas. La nieve, la definición de las cosas, un instante impensablemente corto de perfección. La huida.

9.

Se fue porque no entendía el juego de las nieves, porque no sabía si importaba de ninguna manera que entre los silencios y el aroma melódico del deseo, existiera otra alegría, otra definición, un impulso de ser atención pura y no tener que dejar de serla. Se fue porque la manera de decidir entre irse o entregarse no coincidía con lo que Lydia buscaba. Ocupaban cosmos ajenos, incluso en su más infranqueable intimidad.

10.

Lo que queda son las preguntas. Flores esparcidas en un mar de sombra. Vidas posibles que no llegan a realizarse. Lydia se vengaba del desvanecido amenazando con no contestar ya con su cara ni su cuerpo esos recuerdos de haberse escondido juntos contra la tormenta. Lo que eran vivía en el recuerdo, en el metabolismo que ella dedicaba a su conservación. El recuerdo de haber sido ángeles armados de luz y asombro. El recuerdo de haber superado el miedo. Dejar que dejara de ser todo aquello era lograr que no fuera víctima, o mejor dicho, que no estuviera sola. O por lo menos así lo pensaba. Antes de verlo acercarse sonriendo. Aleatoriamente, y no. Como la primera vez. Mojado por la lluvia, dejando abreviadamente las prisas, con sonrisa de estar saboreando una melódica ciruela.

– – –

Este cuento lírico se estrenó en la edición de otoño de Naufragios, Vol. 1, No. 2, el 2 de noviembre del 2009

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