La poética planetaria

Estamos en el umbral de un futuro orgánico-generativo, en el que administrar la ecología integral es un principio vital

Lo que llamamos “mundo” es algo que vamos inventando con nuestros deseos y exploraciones, códigos y peleas, cartografías y accidentes. Todo ocurre según límites y prescripciones que no siempre vemos venir delante. El misterio de cada día es que existimos en forma de pregunta y respuesta a la vez. Es una experiencia básica del ser humano—desear, buscar, refinar, y compartir, pruebas. Formular bocetos que intentan definir los límites de la experiencia, que parecen hablar de verdades trascendentes, seres fundamentales, hilos conectivos en la narrativa de cada cultura.

La ciencia es el fundamento de nuestra época de conciencia planetaria. Hemos visto en los últimos siglos no sólo la exploración motivada por los imperios del antiguo régimen, sino también que una vez cruzada el océano, una vez comprobada la tecnología de la navegación, vienen los refugiados, los agricultores, los poetas, los investigadores científicos. Vamos al mar no sólo para pescar, no sólo para hacer batalla o extender o acelerar el comercio; vamos al mar para encontrar nuestro lugar en el intercambio de fuerzas naturales, para descubrir algo más de quiénes somos.


Un tejido ético-ecológico

El océano y la atmósfera forman un tejido ético-ecológico que junta todos los seres vivos y todos los sistemas naturales, en una metafísica inmediata, vivible, y evolutiva.

Una canoa cruza Bde Maka Ska—gran lago en la ciudad de Minneapolis, en Minnesota.
El sistema climático es un sistema de intercambio ético. Es, además, donde la ciencia se hace poesía, y la observación se convierte en responsabilidad activa. Lo que llamo poesía económica es un proceso interrogativo y explorador en el que nuestra actividad de cada día hace el futuro, y ser poeta quiere decir no sólo crear, sino hacer espacio para relaciones sistémicos más saludables.

La ciencia contemporánea aumenta la capacidad humana de sentir, interrogar, observar, y saber, hasta que podamos ver, desde fuera, el funcionamiento y la evolución de los sistemas terrestres que dan lugar a la vida y que generan el sustento de todos los días.

Miembros de un equipo documental visitan el plato de radar que recibía señales de los primeros satélites observadores del clima y el tiempo en la Tierra. Camp Evans, Wall Township, New Jersey.
El combate político entre las fuerzas antiguas (que quieren seguir agregando poder y capacidad sin la intervención del derecho universal) y el derecho universal a un futuro vivible es una competencia en la que buscamos definir quiénes somos.

Ya no es cuestión de si somos o no somos una civilización global. Nuestra especie tiene responsabilidades integradas en el funcionamiento de sistemas naturales en todo el planeta. Esa parte, ya decidimos; eso ya logramos. Ahora, en el extremo momento del cambio climático antropogénico, es decisión de cada uno si somos una civilización global abierta, democrática, devota al mantenimiento ecológico de los sistemas que nos dan vida, o si seremos colaboradores en el abandono de los valores más sagrados, tan básicos que se miden no en cifras ni palabras, sino en biología y química.

Esa decisión es tuya. Es mía. Es la decisión que toman nuestros representantes en los gobiernos del mundo, todos los días.

La decisión íntima-planetaria respecto al sistema climático es una decisión de leer el reloj en sentido profundo o no. Cada minuto que pasa es un recurso—es parte del tejido climático futuro. Es para cultivar y sustentar, o abandonar y echar de lado, mientras nos ocupamos con preferencias inmediatas.

Hemos hablado de este tema—entre ONGs, entre científicos, entre líderes comerciales y bancarias con alcance global, entre líderes espirituales y jefes de estado—debatiendo si la conciencia de cada uno respecto al avance imparable de la crisis actual irá en aumento y si con eso, de repente, llegaremos a la solución. El debate sobre si Aquellos lo comprenderán en algún momento, si Aquellos por fin tomarán las riendas del cambio positivo-responsable, es otra manera de postergar el momento en que damos con la solución.

No se trata de magia.

No hay ningún momento mágico en el que Los Responsables del cambio climático hasta la fecha de repente cambian de idea y nos dirigen a todos hacia un futuro climático responsable y vivible. No hay ninguna tecnología salvavidas con poderes místicos que hará que de repente seamos esa cultura íntegramente ética ante la constelación de relaciones ecológicas que nos definen.


Un momento de decisión poética

Estamos viviendo, muy sencillamente, un momento decisivo en la evolución del proyecto humano en la Tierra.

Ya podemos seguir los patrones gobernantes en el sistema climático, día a día, desde los aparatos móbiles personales. Es cada vez más responsabilidad de todos sustentar y aplicar los datos recogidos por las instituciones científicas responsables por la observación de los sistemas vitales planetarios.
La solución al cambio climático es abrirnos al otro, aprender a colaborar de manera más profunda, con sentido ético-ecológico más profundamente devoto, hasta visceral, adoptar la postura—cada uno en su papel de pionero, familiar, ciudadano, elector, investigador, creyente, emprendedor, gobernante, poeta—de que explorar y cuidar los sistemas naturales es el desafío universal de nuestro momento, y es a la vez tanto parte de nuestro ser como lo es respirar oxígeno.

Tenemos delante la oportunidad poética más hermosa y prometedora:

  • En nuestros tiempos, podemos supererar la destrucción atmosférica.
  • Será, si lo logramos, una victoria colaborativa de todos los seres humanos.
  • Lo lograremos con un proyecto experimentalista de rediseño planetario, en el que participarán los gobernantes, las grandes empresas petroleras, los innovadores más valientes, los científicos más precisos y multidisciplinarios, y hasta la aldea más remota y marginada.
  • Podemos parar la acidificación de los océanos.
  • Podemos aprender a vivir una prosperidad a la vez competitiva y recíproca en la que la industria humana colabora con la ecología natural.
  • Enfocándonos en el sustento, podemos lograr el aumento de los recursos básicos.
  • El futuro generativo está ahora mismo naciendo en nuestras manos.
  • El conocimiento a través de la ciencia—en estos tiempos en los que el mundo se encuentra tan desafiado y amenazado por las peores tendencias—nos ofrece un futuro orgánico-generativo.
  • Eso quiere decir que las actividades de cada día no sólo aprovecharán los sistemas humanos y los sistemas naturales, para la gratificación momentánea o localizada, sino también ayudarán a sustentar y proteger los fundamentos del futuro vivible.

Cuando hablan de la insostenibilidad planetaria, cuando hablan del cambio climático, cuando hablan de crisis global, están hablando también de esta oportunidad sin precedentes en la historia del conocimiento humano.

Una visualización de relaciones comunicativas y capacitativas entre individuos, instituciones, situaciones de crisis y soluciones, con respecto al clima, la seguridad y la paz. Explora esta visualización y sigue el proyecto en geoversiv.net/peace
Por primera vez en la historia, no sólo tenemos la tecnología telecomunicativa para funcionar como una sociedad planetaria; tenemos también el proyecto vital en común necesario para demostrar que como sociedad planetaria, somos capaces de generar, elaborar, vivir, compartir, y sustentar, una prosperidad ecológica en la que las actividades de cada día cuidan los recursos irreemplazables que hacen posibles la vida del futuro.

El arquitecto-filósofo R. Buckminster Fuller vio el cerebro humano como “el motor anti-entropía más potente que ha creado la Naturaleza.”

De tantas maneras distintas, Neruda dijo algo semejante, con versos como:

“hay tierras dentro de la tierra
pequeñas patrias descuidadas …

hagamos profesión terrestre
toquemos tierra con el alma”

o, donde todo se junta, y la ecología es la materia viva tanto en la física como en la metafísica:

“ya era todo de luz
y el mar peleaba
como un león de sal,
con muchas manos.”

Es así también que Neruda llega a decir:

“la vida es sólo lo que se hace,
no quiero nada con la muerte.”

La inteligencia human busca pruebas, interroga la materia y los motivos de la física vivida, y quiere iluminar el terreno con comentarios sobre cómo la expresamos en nuestras vivencias. El león de sal con muchas manos, el mar, es también el misterio de quiénes somos.

La acidificación de los océanos codifica en los sistemas naturales cuáles eran nuestras intenciones.

Nos podemos definir como seres de una nación u otra, como creyentes o no creyentes, como trabajadores en las grandes industrias físicas, o los que hacen campaña contra el mal. Pero “la vida es sólo lo que se hace” y ya hemos re-inventado el campo de experimentación de la industria humana. Ya somos de tierra y de luz; nuestra inteligencia apunta hacia un futuro en la que las pequeñas patrias descuidadas de la tierra sienten nuestra atención ética.


Hacer profesión terrestre

Hemos creado un sistema de negociación y colaboración humana con el fin preciso de “hacer profesión terrestre”. Estamos orientados ahora hacia el valor óptimo. La poética climática es la profesión ahora de todos los seres humanos, queramos que sea así o no.

David Thoreson es fotógrafo, navegador y explorador. Aquí está repasando, con partícipes en un diálogo sobre el Árctico cómo se está cambiando el clima de las regiones polares.
El Acuerdo de París es un voto global para este futuro colaborativo. Es el documento que redefine el papel de cada ser humano como ciudadano planetario.

Ahora entramos en una nueva etapa en el proyecto poético de la organización de la inteligencia humana:

  • Los satélites en órbita sobre la Tierra colaboran con ciudadanos individuales en su tránsito diario.
  • Colaboran también en nuestras comunicaciones.
  • Y nos hacen a todos observadores del estatus del sistema climático.
  • Cada vez más, el sistema energético también estará en manos de cada uno.

La solvencia climática es un derecho básico. Sin ella, las expectativas diarias de miles de millones de seres humanos llegan a ser científicamente inválidas. Los gobiernos del mundo se han dedicado, tanto en derecho internacional como en el cuerpo de responsabilidades que forman su propio sistema legal nacional—según el Acuerdo de Paris—a desplegar soluciones que alcanzarán la solvencia climática para su pueblo y para el mundo en colectivo.

Estamos ante cuatro grandes divergencias en la historia del ser humano en la Tierra:

  1. La exploración: Ya podemos explorar no sólo la superficie del planeta, sino también el íntimo detalle del funcionamiento de sus sistemas vitales.
  2. La ruptura climática: El clima está condicionado por influencias cada vez más extremas, y estamos perdiendo el clima estable que ha existido durante toda la historia de nuestra especie.
  3. La capacidad: Tenemos la capacidad, por primera vez en la historia, de subastar las necesidades energéticas de toda la civilización humana con tecnologías que no emiten gases invernaderos.
  4. La colaboración planetaria: 195 gobiernos nacionales han tomado la decisión de colaborar para asegurar un futuro de solvencia climática.

La voluntad política no se hace solo. Eso se sabe bien. Todos hemos vivido la decepción de ver que un gran proyecto, o una promesa noble, de un político o de un partido político, no se efectúa, porque los vientos políticos cambian y la legislatura no puede juntar los votos. Todos hemos visto que una promesa cae en la arena sin dar fruto.

A la Naturaleza, no le importa que tengamos dudas, ni le importa quién está al mando en este momento. La Naturaleza sigue su progreso multidireccional, y las crisis complicadas que no podemos tolerar avanzan, sin pensar en nuestros calendarios electorales. El Acuerdo de París es una promesa, pero es también una redefinición de las obligaciones de cada nación hacia las demás. Representa una de estas 4 divergencias revolucionarias que estamos viviendo, y la oportunidad más seria de la historia de lograr lo siguiente:

  • Colaboración global hacia la prosperidad compartida;
  • Una relación benéfica entre la industria humana y los sistemas naturales;
  • Un salto del modelo económico feudal (basado en el control central y el poder de señores y caciques) a una economía generativa que da cada vez más recursos y capacidad al individuo, mientras asegura la protección de sistemas vitales naturales;
  • Una conciencia de nuestro papel en la estabilidad climática, y un comportamiento ético basado en esa conciencia nueva.

El dilema del ciudadano actual es la misma crisis política de siempre: la falsa elección entre dejar que un punto de vista cínico nos separe de nuestros representantes y tomar la iniciativa de hacer el trabajo difícil, paciente, y generoso de formar una relación a largo plazo con esos representantes, aunque se opongan a mucho de lo que nos gustaría ver.

La mayoría de la gente suele ver la primera opción—no intentar influenciar de manera constructiva a sus gobernantes—como la más sabia. Es más cómodo. Pero decidiendo así, uno cede poder a los que uno mismo ha decidido no son de fiar. La verdad es que ningún político puede actuar de manera legítima sin el apoyo directo e involucrado de la gente que representa.


La libertad ética a escala humana

La decisión de enfrentarnos al cambio climático es también una decisión de sustentar los procesos democráticos y de abrir en el día a día un espacio cívico activo entre los ciudadanos y los que deciden con qué política y en qué futuro vivirán.

Este montaje muestra 8 escenas de ciudadanos, líderes, voluntarios, y expertos, colaborando para construir, deliberadamente, un futuro planetario más abierto, más inclusivo, y más alineado con la ética de administrar honradamente los sistemas naturales que dan y sustentan la vida.
En mi trabajo diario, tengo la suerte de trabajar con líderes ciudadanos en todos los continentes, que están trabajando como voluntarios para juntar grupos de sus conciudadanos, para hacer ese trabajo difícil, paciente, y generoso, de formar relaciones a largo plazo con sus representantes en la legislatura, con su equipo de consejeros, y con los periódicos locales, para apoyarlos en tomar el próximo paso que puedan para respaldar este esfuerzo humano global—de ser más responsables cada uno a los demás y hacia el futuro.

Sabemos que con una sencilla tarifa sobre el potencial emisor de cada unidad de combustible fósil, y un dividendo de 100% de los ingresos a cada hogar en partes iguales, podemos juntarnos a todos en una transición a la vez rápida y generadora (no destructora) de valor.

Habla el Presidente de la Asamblea General en una negociación sobre el desarrollo sustentable, en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. En los próximos meses, habrá negociaciones sobre el clima, la energía renovable, el financiamiento del desarrollo sostenible, la eliminación de la subvención de combustibles fósiles, el comercio internacional, la salud de los océanos, la crisis migratoria, los derechos humanos, y el conflicto. Esas negociaciones nos afectan a todos, y todos tenemos un papel legítimo en hacer que nos consigan u futuro mejor.
En los próximos meses, veremos múltiples negociaciones internacionales donde tomaremos como sociedad planetaria decisiones importantes sobre nuestra capacidad de ser partícipes activos en una poética planetaria. Todos, incluida la inmensa mayoría de la población que no tendrá acceso a esas negociaciones, tenemos que recordar que para lograr ese nivel de economía orgánica generativa, tenemos que enfocarnos en la experiencia del ser humano a la escala humana.

No puede haber una economía basada en la solvencia climática si esa economía no proporciona a la persona media más capacidad, más información, más valor, y un papel más amplio en la esfera cívica.

Lo que llamamos “mundo” es algo que vamos inventando con nuestros deseos y exploraciones, códigos y peleas, cartografías y accidentes. Ha llegado el momento en que todos somos poetas, hacedores del futuro de la Tierra. Si buscas un indicio de cómo responde la gente a los pronunciamientos contra esta misión compartida, el tercio de los integrantes en nuestro proyecto de Lobby Ciudadano para un futuro climático vivible se han integrado en los últimos 5 meses.

La respuesta al cinismo es la acción — bien pensada, con paciencia y generosidad de espíritu.


Joseph Robertson es Director de Estrategia Global para Citizens’ Climate Lobby, y Fundador y Presidente de la Fundación Geoversiv. Es poeta, graduado de Villanova University, y dirige el proyecto de expansión cívica global engage4climate.org.


Este ensayo fue publicado el 15 de abril 2017 en la revista chilena de arte y cultura, Revista Telescopio.

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